El día del libro
Aunque parezca mentira me engaché a la lectura cuando aún no sabía leer, gracias a unos cassettes de cuentos. Los dos primeros que tuve los regalaban con un suavizante o detergente de Pryca; eran de color naranja butano y, junto con el cassette, iba un librito con dicho cuento. Mi madre me los ponía cuando me acostaba en la cama y yo, tan agusto, me dormía antes de que hubiese acabado. Como mis padres vieron que me relajaban mucho, me compraron dos más.
Alibabá y los cuarenta ladrones, el cuento del pastor mentiroso, Blancanieves...todos esos cuentos que hemos oído o nos han contado de pequeños los escuchaba noche tras noche sin cansarme.
Mi madre también me contó que a los dos años me ponía en un rinconcito de la cocina, sentada en una silla pequeña, y hacía como que leía, contando lo que iba viendo en las imágenes. Sin saber leer ya sabía que me gustaba.
Asi que no es extraño que a día de hoy siga zampándome los libros como si fueran piruletas de corazón.
Soy capaz de estar leyendo y no enterarme de lo que ocurre a mi alrededor; mi libro, su historia y yo somos los únicos que existimos en ese momento, cuando mi mundo parece convertirse en el mundo de alguna protagonista, feliz o triste, enamorada o rota en pedazos, abogada o buscadora de tesoros.
Soy capaz de sentir compasión por un personaje abandonado por todos, amor por el valiente caballero que salva a su amada o alegría por que la historia acaba bien.
Soy capaz de sentir pena al acabar un buen libro.
Eso, y muchísimo más, es leer.











angelitadelaguarda dijo
Donde esté un buen libro que se quiten las nuevas tecnologías,jejeje, aun recuerdo cuando me escondía bajo la colcha con una linten para leer hasta las tantas.
23 Abril 2009 | 08:40 PM